Los veranos tienen ese olor a camino y aventuras que he ido contándoos.
Hace justo diecinueve años que mi primera novela La otra dimensión daba sus primeros coletazos gracias a una apuesta con una amiga.
Mis asignaturas favoritas de bachillerato: Historia y Filosofía —una putada elegir entre ellas para la selectividad— habían dejado una huella en mi corazón. El inicio de un camino.
Ese verano, nació también mi camino en la narrativa.
Y elegí, con dieciséis años, hablar de otro camino más: el de las personas que tuvieron que huir de su ciudad —mi ciudad— por las garras del odio, la rabia y el miedo.
Hoy es mi cumpleaños, pero también el cumpleaños de mi primera novela. En un verano donde se dieron todos los ingredientes justos para comenzar esta andadura. La de hablar de aquello que nos araña por dentro.

Alba: crecer significa preguntarse quién eres
Por consulta cada vez más son los casos de adolescentes, o adultos jóvenes, que vienen con deseos de trabajar aspectos como la autoestima, la autoconfianza, la seguridad… Aspectos que pertenecen a un entramado mucho más profundo: la identidad.
La protagonista de esa primera historia ansiaba reconocerse, responderse por qué había cosas que no salían bien. El egocentrismo pierde las alas al crecer, al dolerse del mundo.
Alba, la heroína, es la elegida por fuerzas que ella misma no puede entender, y que otros muchos adultos tampoco entienden. Emociones atrapadas en otro tiempo que aún no se han ido, no se han educado ni trascendido.
Sigue la contienda en el suelo. Los fantasmas caminan entre nosotros, fundiéndose en nuestras cabezas, colándose en las redes sociales que consumimos de forma contínua.
Nos convierten en un chiste, en una sombra, en algo vacío.
En esas cayó Alba al mudarse con su abuela aquel verano.
Emma, los silencios y aquello que no cuentan los padres
Ni un siglo hace del conflicto.
Nuestros mayores, los que pueden hablarlo, se mueren.
Mi abuela ya ha fallecido.
Ya no me quedan abuelos.
Intenté, con las habilidades que tenía, recoger los testimonios de aquellos días.
Todos, con la mirada perdida en otro lugar, me hablaban de hambre, de miseria, de miedo.
De muchísimo miedo.
Emma, el personaje de la abuela en La Otra dimensión, nos lanza un dibujo de lo que viví con esos testimonios: no habla de aquello por motu proprio, refugiada en una sabiduría más ancestral, más de superviviente. Una víctima infantil de acontecimientos que no pudo olvidar. Ella huyó por esa carretera llena de civiles y milicias que fue bombardeada y castigada, en una huida más allá de la esperanza.
Además de la figura de la abuela, y algún otro anciano sabio que nos da luz sobre ese fenómeno de la juía que os hablo, o como lo llamamos ahora, la desbandá. Las figuras adultas brillan por su ausencia: nadie habla de lo que pasó.
Cuando lo que pasó fue grave, nos deja secuelas o síntomas que se convierten en fantasmas.
Hace poco escuché a alguien decir que necesitaríamos varias generaciones para recuperarnos de esto, pero ¿y si por no hablar de ello corremos el riesgo de repetirlo?

Qué fue realmente la Desbandá
Corría el 6 de febrero de 1937. Los fascistas tomaron Málaga. Las personas huyeron despavoridas al este. Se le sumaban los pueblos de la costa. El camino de Málaga a Almería, o como lo llamó el doctor Norman Bethune: El crimen de la carretera de Málaga a Almería y otros escritos (2022) al cual le precede otro indispensable, La desbandá de Luis Melero (2005).
En esa suma de pueblos, en torno a 300.000 personas se unieron a esta larga marcha de cuatro días y cuatro noches caminando para, en algunos casos, perecer en el camino.
Con sus ropajes puestos, el menaje, los ajuares y los niños a las espaldas. Mujeres, bebés, niños, hombres, ancianas y ancianos y mulos todos carretera a través.
El doctor Bethune, en una misión de transfusión de sangre a pie de guerra, viajaba desde Barcelona con destino Málaga cuando, yendo a la misma desde Almería, se encontró con la oleada humana.
Perecieron, se estima, entre 3.000 y 6.000 personas, según diferentes fuentes de investigación, en la carretera por cansancio, inanición y bombardeos. Pero el doctor Bethune y compañía pudieron ayudar a transportar a algunas personas en La rubia, su camioneta. La cargaron de niños y los llevaron al este, a lo prometido. Luego, ante la herida emocional, comenzaron a transportar a las familias enteras.
Sus palabras, cargadas de poesía y dolor, redactan a la perfección el horror que vivieron.
En el Archivo Histórico Provincial de Almería se subraya el papel de las mujeres durante el éxodo, las cuales sacaron adelante, trabajando en equipo, a varias familias.

Vélez-Málaga y Torre del Mar: caminar sobre la memoria
Esta novela que os cuento se narra por completo en el pueblo de Vélez-Málaga, algo de Torre del Mar y, si seguimos caminando un poco de esa carretera hacia Málaga, en las playas de Almayate.
Hay muchos acontecimientos que merecen una mención histórica, pero hay uno en especial que se cuenta y que aún no tenemos clara la realidad de los hechos.
En Torre del Mar, existe un faro. Este faro permaneció apagado durante los días 6 y 7 de febrero de 1937, durante la huida. Se habló durante mucho tiempo de Anselmo Vilar, el farero, como héroe. Aunque algunas de las investigaciones nos cuentan que el faro era automático y que fue, quizás, otra persona la encargada de facilitar el sigilo de la marcha ante el impertérrito ataque por la playa.
Y es que, como en cualquier pueblo, en cada casa y en cada mente, surgen explicaciones variopintas que nos ayudan a sobrevivir, a explicarnos, a darnos un lugar en todo esto.
Mi profesor de filosofía, Tomás, nos hablaba del poder de la palabra y del pensamiento y de cómo la forma más moderna de describir el terror, por entonces en la actualidad, eran las leyendas urbanas. Hoy día hemos dado un paso más con las creepypastas. El horror en internet.
Parece que el horror siempre está y encuentra la forma de salir, ¿no?

Fotografía realizada por Hazen Sise
Fantasmas que caminan entre nosotros
De esto va nuestra historia, que yo en algún momento, quizás muy joven, intenté reflejar.
De darnos explicación en algo más grande.
De ver en consulta día tras día problemas que son estructurales y no psicológicos. De respuestas de miedo y tristeza normales y adaptadas a lo que viven algunas personas y que, por fuerza, se han de callar.
Esta epidemia nos hace dormitar.
Un sopor plácido que espera la caída, la muerte.
Hasta que desaparecemos en la noche, una vez más.
Con la esperanza de que ya hay más educación sobre emociones, sobre quiénes somos y más medios para no caer en la violencia, despido un artículo manchado de la sangre de nuestra tierra.
Escuchemos a los fantasmas. Ellos no son los que dan miedo.