Amiga, date cuenta, estás en el lugar correcto



Si cuando vas a la librería te paras en la sección de misterios, con portadas que parecen envueltas en la niebla, si te flipan las historias de miedo y llenas de recovecos oscuros, con protagonistas valientes e inteligentes que se enfrentan a algún que otro fantasma que les atormenta a ellas o a las personas que quieren. Si se te ponen los pelos de punta escuchando como las personas mayores hablan de sus años, de las dificultades… y todo esto con una taza de té junto a la chimenea o a la mesa camilla, mientras fuera llueve o hiela.
Amiga, date cuenta, estás en el lugar correcto.
Pero, ojo, porque si estás en este preciso lugar, en esta habitación de esta mansión infinita, es porque quieres saber quién soy.
Coge algo calentito, intentaré ser breve, pues lo interesante no soy yo, si no lo que hago.
Nací en Vélez Málaga, en plena comarca de la Axarquía, a final de verano. Debe ser eso por lo que el otoño me gusta tanto, es lo primero que sentí. Mi madre me decía que una niña pequeña no podía pintar tan bien y mi abuela siempre contaba historias de fantasmas, las cuales me parecían mucho más coherentes que algunas otras cosas que ya veía. Más tarde las replicaba en cómic y para hacerlos, le robaba las agendas del trabajo a mi padre (él no las usaba y eran muy elegantes, qué remedio).
Fue una época muy prolífica esa de los siete a los catorce. Aún conservo las viejas agendas de mi padre repletas de dibujos e historias de Halloween.
Eso de ver explicaciones donde nadie más las solía ver, me llevó a investigar un poco más la mente humana y estudié psicología a la par que cantaba, me volvía una estrella del rock mientras tocaba la guitarra eléctrica en mi cuarto e investigaba la historia de mi tierra y sobre algunas leyendas urbanas locales. ¿Que era un poquito gótica? Puede ser.
Nunca fui tan despreocupada y prolífica como esa niña que pintaba genial y creaba historias sin parar, tuve que dividir esfuerzos y dominar mi curiosidad, pero aún así, uno de mis relatos fue elegido para completar la Revista Falsaria, además de ser finalista en un concurso de la editorial Tandaia con mi primera novela, escrita a los dieciséis: «La otra dimensión».


No se puede ser tan artista (ni yo pretendía), pero me hinché de cantar, danzar y estudiar dramaturgia nacional con figuras españolas superinteresantes y valientes que dibujaban lo castizo como lo que era y es. También bebí del teatro nórdico: autores como Ibsen o Strendeberg desempolvaron mi fascinación por la simbología y el contexto de las obras para expresar un malestar social o problemas familiares. ¡Anda, mira! Por fin alguien habla mi idioma.
Aquí escribí «Onirio», un drama que nos relata la realidad del silencio y la salud mental que fue estrenada en 2022 por la ganadora del Premio Ateneo de teatro de Málaga, Leonor Pelayo en 2018.
Mientras, hice obras como Jesucristo Superstar, The Rocky Horror Picture Show, Wicked o Una rubia muy legal, además de terminar una antología de relatos y empezar a trabajar con un gabinete psicológico especializado en trauma con un equipazo de profesionales de la salud mental con las cuales sigo compartiendo sabiduría y aventuras.
De forma transversal, me he formado en literatura desde 2016 hasta la actualidad, con cursos y másteres privados, a expensas de que, algún día, la educación pública se atreva a formar a las nuevas voces. Es muy necesario.
A día de hoy, tal y como esperaba de mí, cuando pintaba en las agendas de mi padre, mi mayor tesoro es mi casa, mi marido y mis gatitos. También leer y hacer bizcochos para compartir con mis amigos.
Dedico mi tiempo libre a seguir aprendiendo sobre la naturaleza humana y la forma de narrarla.
Aún sueño con ofrecerle a esa niña un escaparate donde nos cuente qué ve, qué siente y qué piensa. Ese escaparate es este lugar. Esa voz son esas historias oscuras que su abuela le enseñó a contar.
Espero estar haciéndolo bien, abuela.
Podéis ver las diferentes habitaciones de este hogar. Cada una tiene una historia diferente que puedes bichear en «mis libros».