Cómo vender una casa encantada, de Grady Hendrix: cuando una familia no habla, los monstruos hablan por ella

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¿Y si todo lo que necesitas saber sobre ti siempre estuvo en casa?

Las casas guardan varias versiones de nosotros mismos y de las personas que la habitan, es por ello que, cuando nos enfrentamos a un duelo abrupto, como los protagonistas de esta novela de Grady Hendrix, las cosas saltan por los aires (literalmente).

Por aquí el verano se apaga poco a poco, es hora de volver a las rutinas y al interior del hogar. 

En esta época oscura hablaremos mucho de las casas, de las personas vivas y de las muertas y de cómo nos relacionamos literariamente con todo esto para entender algo tan doloroso como la muerte o la verdad.

Hagamos memoria, ¿hay trastero en casa? ¿Una habitación o armario donde todo se va acumulando, quizás? Al margen de que no deshacernos de la basura o lo roto puede indicar ciertos síntomas, lo que sí que puede apuntar es a una evitación a enfrentarse a los duelos.

Esto es lo que ocurre en esta historia. Con una estructura muy particular —a priori— y unos protagonistas con tendencias evitativas extremas, podremos pasar un rato escalofriante de la mano de Grady Hendrix.

La novela comienza cuando Louise debe regresar a Charleston después de la muerte de sus padres y reencontrarse con Mark, su hermano, con quien mantiene una relación bastante complicada. Hay una casa que vaciar, una herencia que gestionar y demasiadas cosas acumuladas. Entre ellas, la colección de títeres y muñecos de su madre.

A partir de ahí, Hendrix hace algo que me interesa mucho más que descubrir si una casa está o no encantada: convierte lo que fue el hogar familiar en una batalla campal entre los protagonistas y el pasado.

Todo lo que no se ha hablado hasta ahora aparece más vivo que nunca.

Portada de Minotauro (2023)

Louise y Mark llegan a la historia convencidos de que conocen perfectamente al otro. Hendrix nos presenta a una Louise responsable, resolutiva y racional. Mark parece inmaduro, desordenado y eternamente instalado en el papel de hermano pequeño. O, al menos, eso es lo que nosotros —y ellos— creen al principio. 

Estas interpretaciones son vagas y atienden a rasgos familiares narrados desde el automatismo. Hay muchos grises en ambos personajes que iremos descubriendo durante la historia. 

A veces, esas descripciones o etiquetajes que se nos imponen son verdaderas jaulas en las que no podemos crecer y que mantienen un sistema familiar disfuncional. La evitación perpetua no hace más que mantener el conflicto. Hay personajes que callan para proteger, otros que callan para no discutir y personas que llevan tanto tiempo evitando determinadas conversaciones que probablemente ya no sabrían cómo empezarlas.

Hay muchos secretos familiares escondidos en cada títere hecho por la madre de esta unidad familiar.

Un momento, ¿muñecos?

Sí. Ya podemos hacernos caca encima todos.

Y en este amasijo de títeres está Pupkin. Los muñecos terroríficos no son precisamente una novedad dentro del género. Lo interesante es qué hace Hendrix con él. Durante el texto los evoca como entidades malignas con la premisa de «eso que está representado con características humanas, no debe ser bueno». La madre de ambos hermanos, Nancy, pertenecía a una comunidad de titiriteros cristianos con los que creaba espectáculos y hacía representaciones. Ella hablaba desde los muñecos, desde el juego.

Pero ¿quién es Pupkin?

Louise lo echa de menos nada más entrar a la casa, le inquieta no verlo. Mark ni se lo plantea: les paga a unos tipos para que limpien todo, se lo lleven bien lejos y lo quemen.

Pupkin es aquello que no quiere que la casa se venda. Dentro de un muñeco que parece inmortal y que también parece poseer a quien lo porta, hay una historia familiar con mucho recorrido. Una historia que nos lleva a que aquella tragedia que pasó hace varias generaciones, ese hilo que se movió y enturbió el panel familiar, ha marcado la tónica de las vidas de ambos protagonistas; y que ahora que todo se agita, vuelve a apestar.

Los protagonistas se enfrentan a varios duelos que, como matrioskas, se encierran los unos en los otros. Ambos tendrán que llegar al hilo principal y reescribir la historia. Hablar de lo que pasó sin la mentira que los hizo sobrevivir en su día pero que, a día de hoy, ya no tiene sentido.

Imagen promocional de Pupkin. Eww

La construcción de personajes es una de las partes más trabajadas de la obra. No solo de ambos protagonistas ni del villano, sino de los roles estereotipados de los familiares que aparecen y que mantienen el secreto.

En todas las familias se cuecen habas, como marca el dicho popular español. 

Los síntomas son una representación física de lo que no puede —o pudo— salir. En este caso, antes hablábamos de Pupkin, que es aquello físico donde se ha extrapolado el trauma. Pupkin es un títere que necesita un cuerpo para estar vivo. Cuando se le da vida, Pupkin no para de expresar la necesidad infantil de no quedarse solito nunca de los jamases y eso, claro, es aterrador para dos adultos que quieren vender una casa.

Los familiares hablan del síntoma constantemente, pero no de lo que pasó.

Para mí el mensaje está claro: hay mucha locura que expresar, pero ¿hasta qué punto esa locura no es libertad?

Permitiéndonos sentir podemos ver las cosas de otra manera. Es por ello que el autor ha ordenado el libro en cinco partes, cada una de ellas nombra las cinco fases del duelo, expuestas en su supuesto orden de aparición —aunque ya sabemos a día de hoy que las fases son una aproximación a la realidad y que pueden aparecer desordenadas—.

Al margen de la originalidad en este punto, en su interior sigue siendo una estructura clásica de terror.

Tiene todos los elementos de terror que necesita una historia, sí.

Además, hay un carácter humorístico, que es sello del estilo del autor, aunque bajo la traducción creo que no se aprecia demasiado.

He de decir que contiene elementos viscerales que creo que están muy por encima de lo que mi sistema admite y, para mí, le resta calidad al tema. Entiendo que Hendrix es un autor de corte comercial y que tiene un público al que satisfacer, pero ¿cuánto hay que sacrificar un buen trabajo para que lo truculento sea motivo, una vez más, de clickbait?

Es una historia chula, tiene un mensaje potente y creo que puede ser uno de los libros con los que abrir esta época oscura en la que nos sumergimos.

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