Qué son las Backrooms: espacios liminales y terror en Internet 

Parece que últimamente están por todos lados estos sitios pálidos, que necesitan que se coloquen bien las bombillas, y gigantescos —como millennial: «Madre mía, para limpiar eso» —.

Y es que para nosotros será novedoso, pero para nuestros jóvenes, crecidos entre las luces de las pantallas, esto no es nada nuevo.

Recientemente nos ha asaltado una película llamada Backrooms en las carteleras del cine. Ahora la usan incluso como anzuelo publicitario para plataformas en streaming como la maravillosa Filmin. Nos están diciendo: «Ey, nena, si te suscribes podrás ver este peliculón».

Y, uf, peliculón no sé, creo que no.

Fotograma del espacio liminal en la película Backrooms: casa de abuela con iluminación de oficina y vibes de sala de espera.

Pero bueno, más que hablar de la película, hoy quiero acercaros mi visión de las creepypastas desde un enfoque más social y psicológico. Que pa’ eso una ha estudiado mucho.

Las creepypastas surgen de la palabra copypasta: contenidos que se copian, pegan, modifican y redistribuyen por Internet hasta que su autoría puede llegar a diluirse —¡como los antiguos cuentos populares!—. Los estudios sobre el fenómeno llevan años relacionándolo con mecanismos propios del folclore y las leyendas urbanas. En otras palabras: seguimos necesitando contarnos la realidad con simbología.

Los aspectos complejos como el crecimiento, lo desconocido o la muerte, siguen provocando sensaciones de curiosidad y temor a partes iguales.

Las creepypastas son solo una actualización del modelo que recorría, en las adolescencias del pasado, la oscuridad de las calles, el boca a boca en los colegios y tus pesadillas de chiquilla o chiquillo. Ese payaso que te apuñalaba la cara y te construía una sonrisa nueva, la chica de la curva, que se montaba en tu coche y te decía que se mató en aquella curva, o eso tan gracioso de un perrito, Ricky Martin y una mermelada de fresa.

Cada una de estas historias tuvo un disparador que se hizo viral porque las personas que oyeron la historia la compartieron. ¿Qué hace que algo se comparta? Las emociones intensas. 

Si me remueve las tripas, se lo cuento a alguien para: 1) liberarme de la tensión; 2) avisar de un posible peligro o de un chisme, que nos encantan para olvidar nuestros propios problemas.

El payaso terrorífico nos avisa que hay amistades que, aunque nos lo hagan pasar bien en las madrugadas, que comienzan a ser confidentes en la adolescencia, pueden acabar siendo un peligro. La niña de la curva es un recordatorio muy amable de lo que te ocurre si te duermes de noche conduciendo. ¿Y lo de Ricky Martin, tía? Lo de Ricky es magia. ¡No dejes de ver la tele que si no te pierdes cosas! (¿El inicio español del fomo?). Me gusta pensar mejor en aquello de: mantente informado.

Por supuesto, ninguno de estos intríngulis es real, por si nos estaban entrando dudas.

Y de nuevo nos sumergimos en la red. 

Como sabemos, el uso extenso de pantallas a nivel mundial ha crecido exponencialmente, intentando regular su uso en menores en algunos países y considerándose el uso excesivo por parte de las familias como una negligencia.

Es decir, nuestros adolescentes han cambiado las calles y los patios por el rectangulito de luz. ¿Dónde se cuentan estas historias ahora? ¡En Internet!

La necesidad de poder explicarnos algunos aspectos complejos de la realidad sigue existiendo. Y, de nuevo, en la adolescencia es casi una necesidad biológica. En este sentido, la necesidad remite con los años, pero nunca desaparece. Todos necesitamos contarnos algunas veces un cuento.

Antaño había mucho lore en torno a los pozos. En la España rural se decía que contenían sirenas que contenían sirenas o ninfas que nos arrastraban al fondo. Que la luna, si estaba llena, nos secuestraba durante la noche o que el embrujo de sus rayos brillantes nos causaba algún mal. También tenemos las historias de diferentes ogros que te castigaban o perseguían si había maldad en tus actos. También regresa a mi memoria ese cuento de un señor que explicaba a su mujer, al alba, que su burro se había detenido en una encrucijada de caminos, de regreso a casa, en mitad de la noche.

¿Lo vemos? Cuidado, niños, si os caéis al pozo podéis morir. Ojo, la luna llena levanta el manto de la oscuridad de la noche, te pueden ver. Tus actos malos siempre tienen consecuencias, ya sean reales o tu propia conciencia. Y… ¿el burro varado? ¿Os imagináis la excusa que tuvo que poner el hombre por no pasar la noche en casa? No hace falta ser muy listo… 

Ahora, estos cuentos siguen advirtiéndonos de los peligros o hablándonos de las diferentes realidades.

Las backrooms representan la inquietud dentro de los grandes espacios —¡como internet!—, la soledad donde debería haber alguien real y la inquietud constante de que hay algo o alguien más allí. Parece un concepto que conecta con el miedo ante la soledad, la falta de consuelo y el antiquísimo mito del laberinto, porque como acostumbramos a decir en las artes: amigas, está tó inventao. 

Introducirse en este espacio construye un laberinto en tu mente del que quizás no puedas salir. No vuelves siendo la misma persona.

Los elementos que se usan son el nuevo gótico digital donde los cambios personales fluctúan con nuestros miedos rodeados de elementos nostálgicos y evocadores. Algo nos tendrá que conectar con nosotros mismos en esta época tan confusa.

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