Los monstruos en las alacenas españolas:
la pobreza, el inicio de la prohibición y los trastornos de la conducta alimentaria
La ficción actual es un camino que nace desde la oralidad, desde algunas mujeres reunidas en torno al fuego, como lo están hoy en estas líneas y en este espacio. Luego, el hombre llegó y la escribió.
Las leyendas siempre han pertenecido a los susurros, a los recovecos y a las noches. Lo que no se puede decir durante el día, sacude las noches en forma de monstruos. Ya iré hablando de algunos monstruos relacionados con el folclore de nuestra tierra. Me fascina.

El tragaldabas de Pablo Albo
Ilustración: Maurizio A. C. Quarello
Hoy quiero hacer especial mención a algunos de nuestros monstruos devoradores o tragones, muy bien descritos por la recopilación del compañero Javier Prado en Monstruos Ibéricos (2021). Y es que, para enmendar los diversos problemas de conducta, en las casas españolas se ha recurrido a una familia de monstruos muy extensa; una mezcla de creatividad, educación rural y la amalgama de culturas y espiritualidad de nuestra tierra.
Posguerra española
España se sumió en una gris rutina de silencio. Un duelo por la pérdida de la identidad que cada cual llevó como pudo. En este entorno reprimido, lleno de miedo y dolor, la oralidad y las leyendas seguían usándose muchos siglos después de su aparición, con la idea de enmendar algunos comportamientos que podrían resultar peligrosos de cara a la galería o para la propia salud y crecimiento de los miembros de la familia. Es por ello que me detengo hoy en el asunto de las alacenas.
Desde 1939 a aproximadamente 1952, crecieron gran parte de nuestros antepasados más cercanos. Un entorno donde la comida pasó a estar regulada por cartillas, cupos, estraperlo y vigilancia institucional. La prohibición no fue solo alimentaria. Durante el franquismo, la censura formó parte del sistema: la Ley de Prensa de 1938 sometía publicaciones y manifestaciones culturales al control del Estado e incluso, tras la Ley de Prensa de 1966, desapareció la censura previa formal, pero continuaron multas, secuestros de publicaciones y autocensura. Muchos de nuestros ancestros han vivido un horror que no nos queda tan lejos y que, a día de hoy, puedo ver en consulta.

Soldados leyendo un diario – periódico El Debate
Con ello no quiero enhebrar una relación directa entre las amenazas de los hogares con los actuales modelos tan complejos de trastornos de la conducta alimentaria, pero como se suele decir: todos los caminos tienen un inicio. Y es que, en nuestro país, existe un mantenimiento del problema dentro de algunas familias que siguen atendiendo a los estándares de silencio y obediencia. ¿Cómo se pueden relacionar estas variables?
Los trastornos de la alimentación se componen de un extenso abanico multifactorial de variables para su inicio y mantenimiento. Pero, entre ellos, puede constar el miedo a no encajar y no ser perfecta, dando lugar a la exigencia y rigidez que bien podría recordarnos a algunos monstruos.
Con lo que vemos en la sociedad hoy día, daría para un nuevo bestiario, pero si tiramos de nuestras raíces, de la protección de nuestros antepasados ante un sistema autoritario y de la postergación de ese sistema de creencias, aunque la amenaza principal ahora no esté (o eso queremos creer), aún impera el análisis exhaustivo por parte de nuestros antecesores a nuestros cuerpos, peso e ingesta ante el miedo a las consecuencias que en ellos causó todo esto.
Las repeticiones de algunas frases, las miradas, los roces. Todo alerta.
Los monstruos se escondieron debajo de nuestras alfombras y, en un hilo crudo, invisible, suben por nuestras piernas hasta alcanzar las viejas voces que siguen alertando del peligro de pensar y sentir, y a que se te note. Que se vea que ser tú está mal. Que mejor entrar en el molde de lo que «se supone qué». Ese hilo, cuando se arraiga en las mentes, provoca una bruma alexitímica, una trampa mortal que no nos deja ver la realidad y que emponzoña una emoción tan noble como la tristeza, ahogándose de éxito por guapas mientras cada vez pe(n)samos menos, más cerca del suelo, de la tierra.
Otras, ante la incapacidad de encontrar calma o una aceptación, se llenan las arcas de los adentros con más y más comida, en un deseo de alivio y consuelo que no llega de donde tiene que llegar.
Como vemos, la sombra de estos monstruos sigue siendo muy larga.
Los monstruos que se sientan a la mesa
A los niños y niñas glotones se los castigaba con figuras como la del tragaldabas, esperando paciente entre las sombras de las alacenas para zamparse a los niños glotones que picaban entre horas, y donde una sobreingesta podía significar inanición para el resto de la unidad familiar.
En el lado contrario, tenemos al papón, documentado en varias zonas de la Península Ibérica y parte de nuestros vecinos portugueses. Los papones venían a por esos niños que no querían comer: se zampaba tu plato y también te zampaba a ti.

El papón
Estas adaptaciones de narrativa ocurrían en el mejor de los casos. En otros, la crueldad de la realidad se cernía sobre la mesa con padres desesperados y asustados que amenazaban con poner carne de rata (en muchos casos, no se quedaba en amenaza) o matar a la mascota familiar para hacer un guiso. Algo que creo que marcó mucho a mi padre, por ejemplo.
Estos monstruos no nacen de esta guerra, son muy anteriores a esta época, pero sí que expresan y mantienen el pánico de los adultos ante la idea de echar una larga jornada en el campo sin comer o ante la intimidación de la muerte que se podía cernir sobre un niño que no comía.
Familia que se salía de la norma, familia que estaba en el punto de mira.
Ante el clima imperado por el miedo, estas narrativas recorrían las mesas y se añadían a la necesidad de emparejar a las mozas con un buen marido, las niñas que tenían que estar bien alimentadas, delgadas y sumisas. Perfectas.
Que supieran cocinar, remendar y callar.
Mi tío Pepe, el burlador del tragaldabas
Me gustaría terminar esta reflexión acordándome de mi tío Pepe.
De pequeño era un asaltador de alacenas, sorteaba una y otra vez al tragaldabas. Glotón y desobediente, con su carita redonda, sabía desde pequeño dónde se guardaba la mijita de chocolate que su familia podía permitirse. Pronto aprendió que no se podía comer el chocolate de forma directa, que tenía que esperar: trazar un plan para que el monstruo no se lo comiese a él.
En horas de perfil bajo, acudía a la alacena y mordisqueaba los extremos del dulce. A la mañana siguiente, sus familiares, confundían las mordeduras con ratas y desechaban la pieza. ¡Ajá! El tío Pepe ya podía disfrutar de su merecido botín. Cabe destacar que pronto pillaron la artimaña, que fue producto de risas y anécdotas.
El tío Pepe nos dejó hace unas cuantas Navidades, estoy segura que para robar algunos turrones, que ahora puede disfrutar en los paraísos dulces escuchando música hasta muy tarde. Y ahora, disfrutemos de un día más de conocimiento arcaico de nuestras voces más antiguas y cuidémonos. No nos queda otra.